Cada septiembre, cuando retomo el contacto con las familias y las personas a las que acompaño para organizar de nuevo la agenda tras las vacaciones, escucho con frecuencia una respuesta parecida a ésta:
«Este verano no hemos vuelto a notar dificultades. La hemos visto bien, ha estado tranquila, ha disfrutado y, como ahora mismo han desaparecido los problemas que nos preocupaban, de momento vamos a esperar. Si vuelven a aparecer, te avisaremos para retomar la terapia».
Y lo entiendo.
Cuando un hijo o una hija ha pasado un buen verano y aquello que tanto preocupaba durante el curso parece haberse esfumado, es natural pensar que ya no necesita terapia.
A las personas adultas nos puede pasar lo mismo. Si durante unas semanas nos hemos encontrado mejor, hemos dormido más, hemos tenido menos estrés, hemos desconectado del trabajo y hemos podido bajar el ritmo, es lógico pensar: «Quizá ya estoy bien».
Y ojalá sea así.
Que estemos mejor siempre es una buena noticia. Y que lo estén los niños, niñas y adolescentes, todavía más. Pero, antes de sacar conclusiones, conviene hacernos una pregunta: ¿Han desaparecido las dificultades o ha cambiado el contexto en el que aparecían?
Lo que nos dice el verano
En verano cambian muchas cosas. Quienes van al colegio o al instituto dejan atrás los horarios, los deberes, los exámenes, las exigencias académicas y algunas situaciones sociales que pueden resultarles difíciles. Las personas adultas también nos alejamos, aunque sea temporalmente, de las reuniones, las prisas, los desplazamientos, las responsabilidades laborales, la sobrecarga y muchas de las situaciones que forman parte de nuestro día a día.
Además, una cosa influye en la otra: cuando quienes cuidamos descansamos más, solemos tener más paciencia, más tiempo y más disponibilidad, y eso se nota en cómo están los hijos y las hijas. En una familia, el bienestar casi siempre es algo compartido.
Durante unas semanas, la vida nos pide otro ritmo. Y cuando el contexto cambia, también puede cambiar la manera en que nos sentimos, pensamos y nos relacionamos.

Por eso, un buen verano no siempre significa que aquello que nos preocupaba haya desaparecido. A veces quiere decir que, durante un tiempo, hemos vivido en un entorno que nos lo ha puesto más fácil: con menos exigencias, más calma y menos ocasiones para que esas dificultades aparecieran.
Y eso, lejos de ser una mala noticia, es una información muy valiosa. Nos recuerda que lo que le ocurre a una persona no depende solo de ella, sino también de lo que pasa a su alrededor, y nos da pistas sobre qué nos ayuda a estar bien.
Claro que el verano no es un paréntesis tranquilo para todo el mundo. Hay familias para las que supone más horas de trabajo, más tareas de cuidado, más dificultades para conciliar o menos apoyos.
Y entonces llega septiembre
Vuelven las clases. Vuelve el trabajo. Recuperamos los horarios, las rutinas y las responsabilidades. Y, con todo ello, regresan algunas de las situaciones que nos ponen a prueba.
Es posible que reaparezca alguna dificultad. Es posible que no. Las transiciones siempre nos remueven un poco, y más aún si traen alguna novedad importante: el paso al instituto, el cambio a un colegio nuevo o, en la vida adulta, retomar el ritmo después de las vacaciones, incorporarnos a un puesto de trabajo distinto o a un equipo que todavía no conocemos. Así que estas semanas pueden servir para observar qué ocurre. No desde la preocupación, sino desde la curiosidad:
¿Cómo estamos ahora? ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué nos ha funcionado este verano y podríamos conservar? ¿Qué podemos hacer de otra manera? ¿Qué necesitamos todavía?

Siempre que se pueda, conviene hacerse estas preguntas escuchando a quien vive la dificultad: la mirada de cada persona sobre cómo está y qué necesita, tenga la edad que tenga, es una parte esencial de la respuesta. Y, teniendo en cuenta la influencia del entorno, debemos atender a que no todo el esfuerzo recaiga en quien lo está pasando peor: también podemos ajustar lo que nos rodea. Esto, por ejemplo, puede ser: coordinándonos con el centro educativo; hablando con quien corresponda en el trabajo, o simplemente pedir apoyo a la pareja, a la familia o a las amistades cuando lo necesitemos.
Volver no es retroceder
Del mismo modo que un buen verano no siempre significa que todo esté resuelto, volver a terapia en septiembre tampoco quiere decir que algo haya ido mal. Después de una mejoría, unas pocas sesiones pueden servir para consolidar lo aprendido, revisar cómo estamos afrontando las situaciones cotidianas y comprobar que los avances se mantienen al recuperar nuestro ritmo habitual.
Eso no implica necesariamente continuar con la terapia durante todo el curso. Quizá convenga mantener la misma frecuencia, quizá podamos espaciar las sesiones o quizá haya llegado el momento de cerrar el proceso. Y cerrarlo bien, con calma, también forma parte de la terapia.
Incluso puede que descubramos que ahora el objetivo es otro: aprender a mantener a lo largo del curso ese bienestar que hemos experimentado en verano. O, al menos, una parte de él.
En realidad, no hace falta convertir septiembre en el momento de decidir «¿seguimos o dejamos la terapia?». Quizá sea, sencillamente, una buena ocasión para vernos, revisar en qué punto estás y acordar de forma conjunta cómo seguir.
No tenemos que elegir entre «estoy bien» y «necesito terapia» como si fueran dos opciones incompatibles. Podemos estar mucho mejor y, al mismo tiempo, necesitar seguir cuidando algunos aspectos.
La vuelta a terapia en septiembre no tiene por qué ser una vuelta atrás. Puede ser una oportunidad para hacer una pausa, mirar todo lo que hemos avanzado y preguntarnos qué necesitamos ahora.
Porque la terapia psicológica no sirve únicamente para que desaparezcan las dificultades o el malestar, que en cierta medida forman parte de la vida. También nos ayuda a conocernos mejor, a entender qué nos pasa y a reconocer y fortalecer los recursos con los que podemos contar cuando la vida vuelve a ponerse en marcha: los propios y los que nos ofrece nuestra red, como la familia, las amistades o la comunidad.