Reflexión de Beatriz Santillana, psicóloga sanitaria en Astrane, con motivo del Día Mundial de la Salud Mental
Treinta y cuatro años hablando de lo mismo
En 1992, la Federación Mundial de la Salud Mental decidió dedicar un día a la salud mental, con el objetivo de promover su defensa y concienciar sobre los problemas relacionados con ella. La iniciativa contó posteriormente con el apoyo de la OMS y, desde entonces, el 10 de octubre se ha convertido en el Día Mundial de la Salud Mental. Lo curioso es que, 34 años después, esta preocupación no solo se mantiene, sino que ha ido ganando fuerza. La salud mental aparece en programas políticos, laborales y educativos como si fuera un ente abstracto, una especie de indicador de bienestar o, incluso, un producto que se puede mejorar siguiendo una lista de recomendaciones.
Hoy escuchamos mensajes por todas partes: que debemos cuidarnos, hacer ejercicio, escuchar nuestras emociones, ir a terapia, quedar con amigos, comer bien, no estresarnos por el trabajo… Pero cabe preguntarse si esta insistencia está generando cambios reales o si, más bien, se ha convertido en una frase que queda bien, una puerta abierta que parece obligatoria en cualquier discurso contemporáneo.
¿Dónde queda lo social?
Aprovechando este día, conviene recordar que la salud es holística: integra lo físico, lo mental y lo social. Y, sin embargo, ¿dónde queda lo social? ¿Acaso la crisis de vivienda, que afecta especialmente a jóvenes y no tan jóvenes, no genera malestar? ¿La crisis energética? ¿La sensación de vivir para trabajar porque no llegas a fin de mes? ¿El cansancio que te deja sin energías para comer bien o hacer deporte?
Las medidas para garantizar una mejor salud mental son necesarias, sí, pero muchas de ellas insisten en que el malestar es individual. Eres tú quien debe aprender a manejar el estrés de un trabajo donde haces más horas de las estipuladas porque no contratan a más gente. Eres tú quien debe gestionar su ansiedad porque no llegas a fin de mes aun viviendo en una ciudad pequeña. Eres tú quien debe rebajar sus expectativas sobre ser madre porque “no tienes la vida resuelta”.
El discurso y la realidad
Tampoco debemos perder de vista que, a pesar de que cada vez existen más campañas de concienciación sobre salud mental, esto no siempre se traduce en una realidad que esté a la altura de ese discurso. Las largas listas de espera, la cantidad de trámites necesarios para acceder a un recurso especializado o la carga que recae sobre docentes y otros profesionales para atender situaciones que el propio sistema de salud no puede sostener son algunos ejemplos de esta contradicción.
Hablar del contexto no es quitar importancia a lo que sientes
Hablar del contexto no significa minimizar el malestar individual ni restarle importancia. El sufrimiento es real, íntimo y merece atención. Tampoco significa negar que existan herramientas, recursos o procesos personales que cada uno puede emprender para encontrarse mejor. Lo que sí pone en cuestión es la idea de que todo depende exclusivamente del individuo, como si la salud mental fuera un asunto aislado del entorno en el que vivimos. Reconocer las circunstancias no resta valor al trabajo personal; simplemente amplía la mirada y nos permite entender que el bienestar también se construye en relación con lo que nos rodea.
Y tampoco todo está fuera
Al mismo tiempo, tampoco podemos perder de vista que existen factores biológicos que forman parte de la neuropsicología y que pueden influir en nuestra salud mental. Los trastornos del neurodesarrollo, como el TDAH o el síndrome de Tourette, son algunos ejemplos, y pueden estar acompañados de diferentes síntomas emocionales y psicológicos. En estos casos, aunque el contexto pueda ser favorecedor, agradable y no constituya un factor de estrés, existen características que forman parte de la propia persona y que no pueden simplemente modificarse o eliminarse. También forman parte de quiénes somos y de cómo experimentamos el mundo.
Ampliar la mirada
Por eso, quizá se trate precisamente de ampliar la mirada: ni todo está en nosotros, ni todo está fuera de nosotros. Hay factores personales, sociales, ambientales y neurobiológicos que se entrelazan y que contribuyen a configurar nuestra experiencia. Entenderlos nos permite comprender mejor qué necesitamos y qué podemos hacer, tanto a nivel individual como colectivo. Este día, que lleva más de tres décadas instaurado, tiene un sentido y una necesidad, pero también es momento de plantearnos si no estamos reduciendo todo al individuo, como si todo dependiera de él, como si no viviera en un contexto y unas circunstancias que le afectan. No se trata de decir que en otras épocas se viviera mejor o peor, sino de reconocer que los contextos cambian, los malestares también, pero la forma de tratarlos parece estancada.
Quizá el reto sea recuperar una mirada más amplia sobre la salud mental y dejar de actuar como si todo se resolviera únicamente en el interior de cada uno. Porque no hay bienestar posible sin un entorno que lo sostenga, pero tampoco podemos olvidar que cada persona parte de unas características y unas circunstancias.

Seis preguntas para detenerse un momento
Te propongo detenerte un momento y hacerte estas preguntas, sin prisa y sin juicio:
- ¿Qué parte de mi malestar puede estar relacionada con mis circunstancias y mi entorno, y qué parte puede tener que ver con mi propia historia, características o forma de funcionar?
- ¿Qué condiciones de mi entorno están influyendo en cómo me siento últimamente?
- ¿Hay aspectos de mi manera de procesar, sentir o relacionarme con el mundo que necesito comprender mejor, en lugar de intentar simplemente cambiar?
- ¿Qué puedo hacer yo, desde mi lugar y mis posibilidades reales, para cuidar mi bienestar y, al mismo tiempo, contribuir a una sociedad que sostenga mejor el bienestar de todos?
- ¿Qué gestos pequeños, cotidianos, pueden ayudar a que mi comunidad sea un espacio más habitable?
- ¿Qué necesito pedir, compartir o reclamar para no cargar en soledad con lo que no es solo mío?
No hay compartimentos estancos
No se trata de buscar respuestas perfectas, ni de encontrar una única causa que explique nuestro malestar. Tampoco de decidir si lo que nos ocurre es “personal”, “social” o “biológico”, como si fueran compartimentos estancos. La realidad suele ser mucho más compleja: nuestra salud mental se construye a partir de la interacción entre nuestra biología, nuestra historia, nuestras características personales y el contexto en el que vivimos.
Mirarlo así no significa buscar culpables ni quitar responsabilidad. Significa ampliar la mirada para comprender mejor qué nos ocurre, qué necesitamos y qué podemos hacer. A veces necesitaremos trabajar sobre nosotros mismos; otras, cambiar determinadas condiciones de nuestro entorno; otras, comprender y aceptar características que forman parte de nosotros y aprender a vivir con ellas de una manera más amable.